LA NOCHE EN QUE INDIANA ESTUVO EN VIVEROS

Durante los casi diez años que llevo dedicados al periodismo cinematográfico, muchos de los momentos más gratificantes e inolvidables que me ha dado este maldito y glorioso oficio tienen que ver con Cinema Jove. Podría escribir líneas y más líneas sobre el cúmulo de sensaciones que me invadieron cuando entrevisté a uno de mis directores británicos favoritos, Stephen Frears, y de esa edición en DVD de Alta fidelidad autografiada que guardo como oro en paño. También podría contaros lo inteligente y humilde que me pareció Daniel Burman, director de la maravillosa El abrazo partido, o cómo resulta imposible charlar con Jordi Vilches sin soltar una carcajada cada dos minutos. Pero no haré nada de eso.

Mi mejor recuerdo de Cinema Jove, el que jamás se borrará de mi mente, no se refiere a un motivo profesional. Tiene que ver, como en la mayoría de los casos, con el amor innato que siento por este arte, con mi yo apasionado y cinéfilo. Fue hace cuatro años, una noche de junio en los jardines de Viveros. En aquella edición, el festival había preparado una retrospectiva acerca del joven Steven Spielberg, quien, dicho sea de paso, es uno de los genios más injustamente vapuleados de la historia y una de las razones de que nunca me canse de ver películas. El caso es que, ese día, tuve la ocasión de saldar una cuenta pendiente conmigo mismo, ya que, por circunstancias puramente vitales (era un retaco de dos años cuando se estrenó) jamás había podido ver En busca del arca perdida en la gran pantalla. Hasta que Cinema Jove convirtió aquel deseo en realidad.

No importa cuántas veces hayas visto esta obra maestra en televisión, en vídeo o DVD. Nada es comparable a contemplar a Indiana Jones mientras corre perseguido por la bola gigante de piedra en una gigantesca pantalla que abarca casi todo tu campo de visión. Esa imagen en concreto la retengo con absoluta nitidez, y mi subconsciente aún me da las gracias. Incluso la música de John Williams sonaba diferente, como familiar y completamente nueva a la vez. Detrás de mí (estaba en segunda fila, faltaría más), la gente se volvía loca de puro entusiasmo, repitiendo cada diálogo y vibrando con cada hazaña del protagonista. A mi lado, una chica escéptica de este tipo de películas, que estaba allí por mí, probando mi valía como novio, o posible novio, se agarraba con fuerza a mi mano. No le gustaba Indiana Jones, pero me acompañó durante aquellas dos horas imposibles de olvidar. Hoy, cuatro años más tarde, casi puedo decir que acabé por convencerla. Y me gusta pensar que aquella noche de junio me ayudó a conseguirlo.

Pau Gómez

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Una respuesta

  1. Genial Pau, tens raó en tot el que dius. M’ha encatantat aquesta entrada del blog.
    Una abraçada des de Sagunt,
    MIquel.

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